El territorio habitado por los vetones se conoce desde la antigüedad gracias a escritores como Plinio, Polibio, Apiano, o Diodoro, lo que ha permitido seguir sus huellas, encontrar sus asentamientos y, en algunos aspectos, llegar a entender cómo fueron y cómo vivieron.
Siguen siendo muchos los enigmas que rodean a este pueblo prerromano, pero cada dia es mayor la fascinación y el interés que despiertan, por lo que hoy disponemos de un fondo de conocimientos que nos permite aproximarnos a su cultura y su forma de vida. Así se ha llegado a establecer, aunque con muchas imprecisiones, su área de influencia, cuyos límites geográficos aproximados estarían en una zona de paso sur-norte y este-oeste entre los ríos Duero y Guadiana, limítrofe con la Lusitania.
El mapa, elaborado a partir de los trabajos de Jesús R. Álvarez Sanchis (1), presenta una aproximación al territorio vetón basada, no solo en los textos clásicos, sino también incluyendo las últimas aportaciones y descubrimientos de la Arqueología. Puede apreciarse la situación que avanzabamos, en una zona de paso que, en efecto, fue atravesada por otros pueblos y culturas desplazados en sentido sur-norte y este-oeste, a lo largo de muchos siglos. "Ex Lusitania per Vettones", dice Julio César (2) al referirse al tránsito de sus legiones hacia la Lusitania. Lo citamos como ejemplo, ya que nuestro propósito aquí no es entrar en un análisis histórico del pueblo vetón.

Antes bien, lo que nos proponemos es documentar sobre el terreno vestigios de aquella cultura y de sus antecesores (el tan aludido como poco conocido sustrato indígena), y poner en valor lo que pensamos que merece atención y cuidado para su preservación y estudio.
Tradicionalmente se pensaba que este territorio estuvo poco menos que despoblado debido al rigor de su clima, y a que eran escasas las muestra conocidas de megalitismo, pero descubrimientos recientes han hecho revisar esta idea. Pinturas esquemáticas en abrigos naturales, dolmenes y hallazgos en superficie han servido para alertar y atraer la atención de especialistas y administraciones, que han empezado a considerar las propuestas que avanzó Maluquer (3) en 1958 con el descubrimiento de industria lítica, de dificil datación pero, sin duda, anterior al Bronce.
El dolmen de Navamorales, situado en terrenos privados, descubierto no hace mucho y todavía sin excavar, es un caso reciente que ha servido para activar las alarmas y hacer volver la vista hacia los primeros pobladores de un territorio que se creía despoblado hasta la Edad de Bronce.

Cuesta trabajo creer que esta zona occidental de la meseta en la que abundan el granito, el cuarzo, rica en pastos, con bosques de robles, agua, con posibilidades en suma de ofrecer recursos habitacionales estuviera deshabitada hasta tiempos tan recientes como el primer milenio a.c.
Poner en valor estos y otros vestigios, documentarlos en definitiva, no es tarea fácil: muchos aparecen en fincas privadas y son desconocidos, otros, más conocidos, no están catalogados, algunos han sufrido expoliaciones o, más frecuentemente, han sido destruidos para dar paso a nuevas construcciones o para atender necesidades de explotación del terreno o reutilización de sus piedras. Este es el caso de algunos posibles santuarios o asentamientos prehistóricos, cuya existencia se intuye a simple vista, con muestras evidentes de destrucción, y posterior abandono de los residuos a su suerte; o también la destrucción de construcciones atribuibles a épocas romana, visigoda o árabe que hemos visto como se derribaban, simplemente porque estorbaban.
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