Arquitectura sin arquitectos (I)
La casa serrana
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© José María Pita
"El alma de los hombres y el alma de sus casas es una y la misma"
Oswald Spengler
Bernard Rudofsky (1905-1988) ha sido posiblemente uno de los arquitectos más controvertido de los últimos tiempos. Nacido en Viena, viaja pronto a los Estados Unidos y empieza a desarrollar sus tesis humanistas enfrentadas a lo que él consideraba una arquitectura globalizada, deshumanizada y cargada de ideas que no tenían que ser necesariamente universales. Evidentemente, fue un provocador hasta el punto de pronunciar en 1944 su famosa frase: “¿Cómo pueden esperar una buena arquitectura si van vestidos así?” en el curso de una invitación formal en una universidad americana.
Interesado en las relaciones de las arquitecturas vernáculas con el entorno, viaja por todo el mundo, dibuja, fotografía y documenta las más dispares formas de construir en los medios más hostiles. En 1964 expone en el MOMA su “Arquitectura sin Arquitectos” que pretende demostrar que la arquitectura oficial es incapaz de producir “la belleza, sentido común, adecuación y capacidad de permanencia frente a las arquitecturas populares”. Para él, la
arquitectura vernácula es una arquitectura sin genealogía, basada en el
conocimiento y respeto a las tradiciones, aprendida por el método prueba-error, pero capaz de mostrar a la humanidad su capacidad de permanencia y eficacia en la lucha contra los medios más hostiles. Construcciones de paja o mimbre sobreviven, desafiando las leyes de la física, a los vientos del desierto africano; el barro, la madera, la piedra, recursos que el hombre ha tenido siempre a su disposición, son sabiamente empleados para producir viviendas artesanas perfectamente adaptadas al medio y capaces de proporcionar un cobijo
estable y confortabe.
A esta arquitectura me voy a referir en los próximos capítulos. Una arquitectura vernácula basada en el conocimiento del entorno y sus recursos, que utiliza los materiales disponibles al alcance de la mano, funcional y carente de pretensiones estilísticas (lo que no implica necesariamente carencia de sensibilidad). Una arquitectura basada en conocimientos artesanos, aprendidos y transmitidos de generación en generación, y cuyo origen, en el caso de la vivienda serrana, se remonta a los asentamientos de nuestros castros vetones; una arquitectura a la que prefiero seguir llamando vernácula o autóctona para revalorizarla y singularizarla, aislándola de lo que de manera generalizada y un tanto ambigua se ha venido tratando como arquitectura popular.
La casa serrana en los valles del Tormes, el Becedillas y el Corneja
Cuando se visitan los pueblos serranos de estos valles, llama poderosamente la atención la semejanza formal de la arquitectura serrana con la arquitectura de los castros y despoblados cercanos, en ruina desde hace siglos. En efecto, los elementos estructurales de esta arquitectura se han construido con escasas variaciones, hasta bien entrado el XIX, fechas en que tenemos datados los últimos ejemplos de viviendas serranas y sus construcciones auxiliares: molinos, chozos, bebederos, cuadras, establos, pozos, etc.
Una arquitectura modesta, rudimentaria, sin pretensiones estéticas, pero de una gran funcionalidad. Una arquitectura en la que el arquitecto es, al mismo tiempo, el usuario final, que involucraba al resto de componentes de la familia y, eventualmente, al resto de la comunidad, en el proceso constructivo.
No somos los primeros en apuntar esta continuidad, pues actualmente parece haber consenso, en esta y otras zonas, respecto a la herencia de técnicas constructivas que se remontan a épocas anteriores a la que apuntamos. En efecto, parece haber acuerdo en que obras ciclópeas, como eran las galerías funerarias del megalitismo, o las viviendas castreñas ovaladas o rectangules, construidas en piedra seca, pueden considerarse con certeza como la base de la arquitectura vernácula que ha pervivido en muchas regiones, no solo en el territorio vetón. Hablamos, en definitiva, de una arquitectura sencilla, apegada a las tradiciones, aprendida generación tras generación, y muy funcional en el sentido de que aporta respuestas eficaces a las características del entorno, de los materiales disponibles y de las necesidades familiares.

En el primer tercio del siglo pasado, Nicolás de Lafuente Arrimadas (1) decía a propósito de las viviendas de El Barco de Ávila: "Las casas de nuestros pueblos tienen un aspecto severo, mudo, recio, triste, por ser de piedra seca, sin blanquear y algunas sin teja". Se trata, sin duda de una arquitectura que no destaca por su monumentalidad, sin influencias estilísticas, pero también es cierto que los restos que aún quedan en pequeños núcleos urbanos tienen un indudable atractivo que quizá provenga de su propia sobriedad, en la medida que evoca modos de hacer y de vivir superados hace mucho tiempo.
Recuperar esta herencia patrimonial es uno de los objetivos que nos proponemos al abordar este trabajo, pues cada vez son más escasos los ejemplares que permanecen en pie y hoy es tarea poco menos que imposible encontrar alguna vivienda habitada, entre otras razones porque carecían, de elementos que hoy consideramos imprescindibles, como es el caso del aseo. Hemos podido constatar la existencia de un pequeño cuarto de baño externo, adosado a la fachada principal en época reciente, en numerosas casas serranas de Horcajo de la Ribera. Este añadido, que altera la sencillez volumétrica del edificio, suele estar enjalbegado o revocado, lo mismo que la fachada.
Algunas precisiones sobre el entorno

Antes de seguir adelante, se hace necesario precisar algunos factores que contribuyeron y han seguido contribuyendo de forma decisiva a la elección de emplazamientos, materiales y técnicas constructivas.
A la hora de elegir los primeros emplazamientos, incluidos los prehistóricos, han sido decisivos el clima y la existencia de agua. Los cambios climáticos que se producen después de las glaciaciones hacen necesario buscar abrigos en zonas cercanas, con refugios naturales a ser posible, próximos a fuentes o ríos, y con una formación orogénica que facilite su recogida y embalsamiento. La Arqueología ya ha probado cómo se utilizaron estos refugios naturales y su evolución posterior hacia asentamientos más estables.
Cuevas naturales o formaciones rocosas han sido utilizadas por sus primeros moradores y por otros que les sucedieron, aprovechando elementos existentes y reformándolos para adaptarlos a sus necesidades. Rocas que presentan en uno de sus lados preforaciones alineadas sugieren su utilización como apoyo (a modo de machinales) para troncos y elementales cubiertas de ramaje. Un paisaje rocoso de este tipo puede ser un habitat ideal para construir, tal y como avalan los yacimientos ruprestres conocidos en la zona, y como se supone debió ocurrir en otros asentamientos aún inéditos.
El clima no parece haber sido impedimento para crear asentamientos en estas y otras latitudes en las que los rigores pudieron ser muy superiores. En la zona geográfica que nos ocupa, puede afirmarse, con el riesgo que conlleva cualquier generalización, que el clima es típicamente oceánico continental, con abundantes microclimas fruto de una compleja orografía montañosa que contribuye a extremar las temperaturas, con diferencias sustantivas entre las estaciones: inviernos muy fríos y veranos cortos y calurosos. Algún autor ha apuntado que los muros de la arquitectura primitiva nacieron de la necesidad de aislar el fuego y preservar el calor, para lo cual bastaba ir amontonando a su alrededor, una sobre otra, hiladas de piedras sin trabajar.

El clima, la formación orogénica del terreno y la hidrografía han sido decisivos a la hora de alumbrar esta arquitectura tan pegada a la tierra, a los materiales que proporciona con generosidad y de forma inmediata –la madera y el granito–, y a los manantiales y cursos altos de los ríos que, no sólo sirven para saciar la sed de humanos y ganado sino que, además, inspiran creencias religiosas que determinan la elección de caminos y emplazamientos para sus asentamientos, santuarios y necrópolis. Un paisaje así, tan propio de esta zona serrana, ha producido esta arquitectura marcadamente funcional, como decíamos antes, que responde efizcamente a los estímulos externos, a los rigores del clima, y que sirve para aprovechar, alcanzando cotas de excelencia, los limitados recursos naturales: el lino, la bellota, el cereal, la huerta o los pastos ganaderos, la madera y la piedra.
La vivienda resultante, teniendo en cuenta estos factores, presenta dos tipos básicos, como nos demuestran las excavaciones de los castros cercanos: vivienda de planta ovalada y vivienda de planta cuadrada o rectangular, ambas con anchos muros (0,75/0,80 m) de uno o dos paramentos de piedra seca, o ligada con mortero de barro, con muros interiores de carga (0,50/0,60 m de anchura) que ayudan a soportar las vigas de roble de la cubierta y escasos vanos, destacando solamente la puerta y algún mínimo ventanuco o bujardo (2) que, en caso de frios extremos se tapiaba con hierbas, paja y piedras.
A los factores enumerados hasta ahora, hay que sumar la evolución de la producción pecuaria que pasa a lo largo de los siglos por diversos estadios: de ser cazadora/recolectora tipo nómada, a ganadera y agricultora, trashumante o trashumante estacional, conformando en cada caso un tipo de vivienda. Los abrigos provisionales que se ocupaban y abandonaban dan paso a viviendas estables propias de una población en cierta medida asentada.
El desarrollo de la cultura castreña nos explica claramente como los primeros asentamientos, de carácter defensivo, amurallado, contribuyen a crear a su alrededor núcleos de población en las cercanías de las explotaciones pecuarias, de las tierras fértiles y los pastos. Muchos de esos incipientes núcleos urbanos se abandonaron, pero otros permanecieron y, con el paso del tiempo originaron poblados que han llegado hasta nuestros días.
Todas estas consideraciones nos hacen plantearnos el tema de la casa serrana desde un enfoque amplio, que nos permita contemplar la vivienda propiamente dicha, como centro de la vida familiar, y las construcciones complementarias que sirven al mantenimiento de la actividad productiva; corrales, cuadras, almacenes, pajares, etc., que casi siempre aparecen en la explotación o sus cercanías, mientras que la vivienda se agrupa junto a otras para formar el núcleo urbano. Excepciones a esta regla son el doblado utilizado como pajar o una pequeña cuadra o pocilga añadida (no siempre adosada, en términos técnicos).
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La piedra seca, una técnica milenaria

En la zona geográfica que rodea al Cerro del Berrueco, próxima a la Sierra de Gredos y regada por los ríos Tormes, Becedillas y Corneja, abunda el granito, por lo que su empleo está documentado desde el megalitismo hasta nuestros días. Además de su abundancia, que hace menos penoso el transporte, el granito reúne dos condiciones fundamentales para su utilización: la durabilidad y, paradójicamente, la facilidad con la que rompe. Técnicas para trabajar el granito son conocidas desde la prehistoria, a base de cincel y mazas, cuñas, o agua que, al helarse lo resquebraja, han permitido construir los monumentos megalíticos, así como los posteriores castros y los primeros poblados en época histórica.
En la arquitectura rural de la zona, basada en la mampostería de piedra seca, cabe distinguir dos labores, teniendo en cuenta el acabado final de los bloques: la piedra usada tal y como rompe y la piedra canteada, ó careada, aunque sea de manera rudimentaria.Ya hemos apuntado que, en ocasiones, los muros aparecen ligados con mortero de barro y rematados con hastiales de tapial de este mismo material, pero ésta técnica la abordaremos en otro momento, para centrarnos ahora en la piedra seca, propia de la casa serrana.
Si se comparan las construcciones de época histórica que estamos estudiando con las prehistóricas de los castros, con frecuencia llegamos a pensar en que la construcción de estas últimas es mas refinada que la de aquellas. En la vivienda de El Raso que hemos puesto como ejemplo (está situada en el sector C), se observan muy bien hiladas de nivelación que, en muchas ocasiones, no aparecen en construcciones muy posteriores. Y, aunque las esquinas no sean perfectas, tanto la plomada como el nivel debieron ser conocidos y utilizados, a la vista de las buenas soluciones constructivas que presentan. Sospechamos que les bastaba un simple elemento tirante, cuerda, y algo de peso, porque no tenemos elementos para pensar que conocían la sofisticada tecnología que trajeron los romanos, heredada a su vez de los griegos.

Para levantar muros, la piedra tosca, en bruto, tal y como rompe, es la forma de bloque más utilizada pues permite aparejar encajando bloques menores entre otros mas grandes dotándolos de mayor estabilidad, mejorando su consistencia, y evitando así roturas por compresión en vacio. Casas, corrales, muros, molinos, chozos, puentes, etc., han sido construidos, piedra sobre piedra, desde tiempo inmemorial, como atestiguan los restos visitables de nuestros castros y poblados posteriores, hasta épocas recientes como es el caso de las viviendas que presentamos en este trabajo.
El canteado requiere mayor especialización y dota al bloque de medidas y acabados más precisos. Un canteado elemental se ve con frecuencia en esquinas trabadas de nuestras construcciones rurales, pero también es fácil encontrar canteados más trabajados en dinteles y jambas que conviven en la misma construcción con paramentos a base de bloques en bruto. Los arcos de algunos molinos, u hornos, con dovelas perfectamente canteadas, también conviven con muros a base de piedra en bruto.

El tamaño de los bloque suele ser mediano, lo que permite sus transporte en narrias o carros, además de facilitar su movimiento y colocación a mano entre una o dos personas, con ayuda de algún primitivo polipasto. Por el contrario, los bloques que forman el zócalo pueden llegar a ser ciclópeos y se apoyan sobre canchales o directamente sobre la tierra compactada. No hay cimientos y estos grandes canchos son los que sostienen la estructura de la vivienda, formando en muchos casos parte de sus muros.
La planta rectangular de las primeras construcciones castreñas puede tener las esquinas redondeadas o formadas por bloques sin cantear superpuestos. Esta es una característica común en las viviendas serranas. Una de las aportaciones de la cultura romana a la arquitectura local es la trabazón de los bloques de esquina, que permite ángulos perfectos de 90º dotando de una mayor consistencia a los dos muros. Algún caso documentado presenta este tipo de esquina, aunque con trabajo de cantería poco fino y piedra reutilizada. Pero el muro redondeado, sin esquinas, siguiendo el patrón castreño, es el más frecuente en la arquitecura rural posterior.
La vivienda serrana es de una o dos plantas, pudiendo ser la segunda destinada a pajar o a "doblado", al que se accede por un vano: la bujarda o bujardo. Más adelante nos referiremos a la distribución del espacio, por lo que aqui solo lo mencionamos para referirnos a su cimentación, que suele consistir en apoyos sobre canchales o una preparación somera del terreno para recibir los bloque mayores a modo de zócalo sobre el que descansa toda la estructura.
Ello hace que una labor crítica sea la colocación de los bloques de apoyo de los paramentos, lo que se resuelve calzando con bloques menores que, a su vez, refuerzan los apoyos y evitan el cojeo de los bloques mayores. Los muros son de uno o dos paramentos, siendo en este caso rellenados de cascote o, en casos excepcionales, ligados con mortero de barro.

El otro elemento aportado por los romanos es la teja, que sustituye a las cubiertas de paja o escoba, aunque casi siempre han convivido ambas modalidades. La teja cierra las cubiertas a una o dos aguas y va dispuesta en canales sobre cobijas. Reseña el autor citado la Cédula del Duque de Alba (s. XIV) que obligaba a cerrar las cubiertas con teja, levantando las escobas y maderas, lo que al parecer fue imposible llevar a la práctica.
Queda dicho que la ripia se componía de maderas atravesadas, descansando sobre las vigas, y no siempre cerradas con barro. La solución más frecuente para sujetar las tejas es fijar algunas hiladas con piedras.
En la zona son frecuentes los topónimos relacionados con la producción de tejas (tejar, tejares, tejada, tejera) o con su utilización (Texada, Tejado).
La vivienda tipo. Elementos estructurales
Al tratar de definir tipos de habitación en la meseta central y las antiguas provincias catellanizadas del reino de León, Caro Baroja (3) apunta las diferencias regionales que marcan las características propias de cada paisaje.
Así, Ávila o Segovia, por ejemplo, quedan marcadas por su "espina montañosa". Y todavía más: al referirse a la casa rural castellana hace una clara distinción entre la casa serrana (pastoril, la llama el autor) y la casa de vega, labradora.
Como ya venimos anticipando, nos hemos centrado en la primera, en la casa serrana, y podemos afirmar que en la zona que estamos analizando, valles y sierras en los cursos del Tormes, el Corneja y el Becedillas, las diferencias son inapreciables desde el punto de vista constructivo; se notan más estas diferencias en las construcciones auxiliares que completan cada una. No insistimos en que los materiales, tanto el granito como el roble, han marcado la personalidad de la construcción por igual en la vega o en la sierra. De hecho, aunque la denominemos serrana, la vivienda "tipo" que ofreceremos a continuación está en un pueblo del llano: Medinilla.
Para presentar completa su reconstrucción en planta y alzado, nos hemos acogido a la definición que da Nicolás de Lafuente (4) por estar plenamente enfocada a esta zona y por tratarse de un valioso testimonio de primera mano. La vivienda, en cuestión está en las afueras del casco urbano, quedando solo en pie sus enormes muros de piedra.

Se pueden observar claramente algunas de las más importantes características que venimos destacando, así como otras que enumeramos a continuación, a modo de recapitulación. El zócalo soportado sobre canchales; los encuentros trabados en las esquinas con el careado tosco que ya hemos descrito; los paramentos de los muros alcanzan un notable espesor, en torno a los 70/80 cm; Dintel y jambas en los dos vanos presentan un careado mejor terminado.
- Las vigas traveseras y longitudinales son de madera de roble y descansan sobre los muros.
- Los vanos de acceso tienen una altura de 1,70 m; sobre la puerta de la vivienda, un pequeño vano ventila el doblado, cuya altura máxima alcanza escasamente 1,60 m, debido a la poca pendiente que tiene la cubierta (en torno al 5%).
- El corral, adosado al muro de la fachada, tiene un poyo de 0,50 m de altura y otro tanto de fondo. Debió usarse como excusado.
- No disponía de chimenea, por lo que la salida de humos consistía en un simple "roto" bajo teja —"lumbrera"— que daba salida al exterior; esta solución, propia de otro tipo de construcciones (hornos), es mala para la vivienda: el incendio no era un fenómeno excepcional, como ocurrió en el ejemplo que aqui presentamos.
Los muros, de mampostería, ejercen la doble función de carga y de cerramiento.
Trama de vigas en madera de roble
El roble ha sido la materia prima para elaborar el entramado de vigas que sostiene la cubierta de las edificaciones serranas
. Tambien la planta superior cuando esta existe. Hoy sabemos que el módulo de elasticidad de la madera es muy bajo, lo que la convierte en un material incomparable, que resiste deformaciones sin romperse. Lo interesante es que nuestros antepasados también lo sabian y el complejo cálculo de estructuras lo hacían por estimación —"a ojo" si prefiere el lector— logrando resultados demostrables. Desconocían la teoria y no se paraban a pensar en los empujes de los pares sobre los muros o en la función estructural de cada viga, lo que hace que los resultados obtenidos sean más asombrosos, si cabe.
El apoyo de la cubierta sobre vigas de madera debe ser considerado como un elemento diferencial del tipo de construcción vernácula que venimos definiendo como sencilla y utilitaria a la vez. O, dicho de forma, sería impensable en esta zona serrana el apoyo sobre bóvedas o arcos, de más costosa y difícil realización desde un punto de vista técnico. Esta última solución queda reservada a los edificios civiles y religiosos, en cuya ejecución intervienen ya maestros constructores, arquitectos y canteros traidos de otras zonas.
La arquitectura que acomete el vecino para levantar su casa o su cuadra utiliza, además de los materiales más cercanos, elementales y baratos, el sentido común para suplir la falta de conocimientos
técnicos. Encontramos así soluciones sorprendentes para equilibrar el reparto de las cargas y empujes de la cubierta y plantas, que han permanecido inalteradas, aguantado pesos extraordinarios durante siglos. Piénsese, por ejemplo, en la nieve que se acumula sobre las cubiertas un invierno tras otro.
El entramado más sencillo se da en el caso que
acabamos de ver en el ejemplo anterior, o sea en edificaciones con cubierta a una única vertiente. El problema se complica si aumenta la luz a cubrir sin muros de carga, o si se requiere soportar mayores esfuerzos por incluir una segunda planta. Estos y otros casos justifican la creación de un entramado de vigas, como los que vamos a ver a continuación.

En esta antigua cuadra de dos plantas, situada en El Cabezuelo, se aprecia la distribución, aparentemente caprichosa, del entramado estructural: los pies derechos sin zapatas soportan los tirantes (vigas de entrepiso) que, a su vez, quedan embutidos en los muros; otro pie derecho sostiene la viga que ayuda a soportar los pares de madera de roble, sin desbastar, y que descansan sobre la viga cimera (cumbrera) y el muro de mampostería seca.
Un curioso pie dereho lo hemos encontrado en una cuadra de Horcajo de la Ribera. El tronco ha sido someramente desbastado, pero se ha mantenido la horquilla que forman dos ramas superiores para abrazar mejor a una viga transversal, haciendo innecesario colocar zapatas o pletinas de enganche. Vuelve a contemplarse la tosquedad del acabado de los materiales.
En este caso, hileras y pares se cruzan para formar un piso plano, el sobrado o pajar, destinado a soportar el enorme sobrepeso de la hierba o el grano almacenados.
Dintel adovelado. Una solución para el reparto de cargas en fachada

He aquí una solución interesante para repartir las cargas en el muro de la fachada. La casa, deshabitada, es idéntica en su planta a la que acabamos de ver de Medinilla, diferenciándose tan sólo en que no lleva el corral adosado como aquella.
La singularidad que llama la atención es el dintel formado por una losa sobre la que descansan unas dovelas en medio punto que soportan y distribuyen las cargas de la estructura. Se evita así la posibilidad de que la losa pueda partir por compresión, y denota un buen conocimiento de las propiedades del material, en especial las relacionadas con su resistencia. Las dovelas, como puede apreciarse, son toscas pero cumplen perfectamente su misión. No es frecuente encontrar dinteles con esta obra, y lo reseñamos como un ejemplo del conocimiento de las técnicas constructivas.
Otra solución parecida la hemos encontrado en algún molino, sobre los arcos de acceso y salida de la cacera. Se da la circunstancia de que la casa tuvo en una de las estancias un horno de pan, pero todavía no hemos podido constatar si perteneció al molinero, lo que nos ayudaría a establecer la relación de elementos entre el molino y la vivienda, así como a proceder a la datación de ambos.

Pero esta no es la única solución al problema de las cargas en los muros. En Navacepeda de Tormes (Ávila) hay dos ejemplos interesantes. El primero consiste en un dintel con la cara superior en medio punto, solución que encontramos en varias viviendas de la localidad y que reseñamos por tratarse de una ingeniosa respuesta al problema del reparto de las cargas verticales.

El otro caso consiste en una doble viga, ejerciendo la primera el papel del dintel; sobre ella descansa un tapial de 50/60 cm que soporta una segunda viga de mayores dimensiones. Es obvio que el empuje se dirige hacia abajo, pero el reparto de cargas entre las dos vigas concede un descanso al dintel.
En puertas y ventanas son notables las jambas, que casi siempre se componen de varias piezas, alguna de ellas de mayor tamaño –tranqueras–, cuya finalidad es trabarse al muro, dotando al conjunto de una sólida y eficaz respuesta en términos de estabilidad y resistencia.
La bujarda
Es uno de los escasos vanos que presentan los muros de la construcción vetona. Aunque ya nos hemos referido a ella de pasada, toca ahora presentar algunos tipos que pueden verse en la zona. La bujarda de mayor tamaño es la que da acceso al pajar en las construcciones de dos plantas. Su altura raramente supera 1,60/1,70 m y suele estar abierta en la fachada principal. La altura a la que se sitúan en el muro, poco mayor que la de la puerta principal, facilita la descarga del heno desde la plataforma del carro.

Otras bujardas, o ventanucos, abiertas para ventilación o iluminación casi nunca sobrepasan 0,50 m de lado, siendo de forma irregular en la mayoría de los casos. excepciones no faltan a la regla.
La bujarda, en realidad, es el nombre de una herramienta de cantero, un martillo con picos, pero en esta zona, incluido Cáceres, se utiliza bujarda, bugarda o bujardo para denominar a estos pequeños vanos de los muros. Su etimologia no está muy clara, el termino bujarda parece estar relacionado con borda y sus derivados Buerda -Buarda, y >Buarda. El diccionario etimológico de Corominas
asigna al término buhardilla –"ventana en el tejado de una casa", "desván con ventana empleado como vivienda"– su origen en el siglo XVIII, derivado del término anticuado (1611) buharda, que significó primitivamente "respiradero para el humo", derivado a su vez del verbo buhar, variante de "bufar", "soplar".
El Hostigo
Los vientos dominantes azotan uno de los costados de la vivienda y, con el mal tiempo, traen la lluvia y la nieve. A estos vientos dominantes, por aqui se les llama "hostigo" y, por extensión, se aplica la misma denominación a la pared de la casa donde mueren. Para protegerla, la solución tradicional consiste en recubrirla con tejas.
Es normal encontrar este recubrimiento en la pared del hostigo, quedando la fachada y los otras dos descubiertas. También, en algunos casos, se ha desvirtuado su uso por criterios estéticos, siendo relativamente sencillo encontrar muros o fachadas, no expuestos al hostigo, forrados con este sistema.
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Elementos funcionales no estructurales. El caramancho
El portal de acceso al corral anejo a las viviendas de Navacepeda de Tormes (Ávila) y, en menor medida, de otras poblaciones serranas presenta una interesantísima peculiaridad: el caramancho, que consiste en una cubierta vegetal formada por capas prensadas de calabón (Genista scorpius o aulaga), piorno o "escobas serranas" (Cytisus scoparius), nombres con los que se conocen aquí las distintas variedades de piornos, tan abundantes.

El amplio portalón se explica porque Navacepeda es un pueblo de arraigada tradición carretera en el que, todavía a mediados del siglo XX, había 150 yuntas. La estructura del portalón se compone de dos machones de una altura cercana en casos a los 3 m y un espesor en torno a 1 m, capaces de soportar unas vigas transversales de roble o negrillo sobre las que descansa un entrevigado de cinco o seis vigas transversales y longitudunales que son las que sostienen el enramado.
Desde el punto de vista estético hay algunos caramanchos llamativos, de gran belleza, pero su función primordial consiste en almacenar leña para el consumo de la vivienda durante el invierno. Para acumular la leña suben con el carro a la sierra en el mes de agosto y bajan dos o tres cargas lo que, traducido a kilos, significa que el caramancho soporta pesos del orden de los 3.000.
La función de apilar la leña de calabón o escobas se llama hacer o formar (remozar) el caramancho. Hoy solo quedan uno o dos vecinos que lo siguen haciendo cada año con regularidad.
Caramancho es un vulgarismo de la zona, derivado de camaranchón, –cámara, en sentido despectivo según el DRAE–, es decir el desván en el que se suelen guardar los trastos. Entre las distintas acepciones del término, Corominas da una anterior al siglo XVI en lugares amurallados o fortificados: fortificación superpuesta a un edificio, y con este nombre se conocían las pequeñas edificaciones sobre la muralla que servían de depósito de armas (5).
Camaranchón se sigue utilizando en el argot teatral para designar depósitos de atrezzo o guardarropía tras la escena.
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La cerradura de madera
En las puertas, portales y portalones de alguno de nuestros pueblos, así como en algún tipo de chozos serranos es fácil encontrarse el modelo de cerradura de madera que vamos a describir a continuación, dado que se trata de una pieza artesana extraordinariamente singular, que demuestra el ingenio de los artesanos carpinteros/cerrajeros de la zona. Para su presentación hemos utilizado un modelo procedente de Navacepeda de Tormes.
La caja tiene unas dimensiones de 13 cm (ancho), 25 cm (alto) y 6 cm (fondo), y está construida de una sola pieza maciza de madera de nogal. Sin adornos, excepto un rebaje biselado en su contorno, su interior presenta el cajeado por el que se desliza la tranca (o trancón, en otros lugares) y las tres cajas que alojan a los "guardias", es decir, las tres piezas de madera acabadas en punta que, al caer por gravedad, se alojan en los tres orificios de la tranca.
En su cara interna la tranca presenta un cajeado por el que se desliza la llave, también de madera, aunque en este caso presentamos una metálica fabrucada por su propietario al extraviar la original.
Tiene los tres orificios que reciben a los "guardias", y por ellos entran los tetones de la llave; al desplazarla hacia arriba, empuja a los "guardias" liberando la tranca que deja así abierta la cerradura. Cada guardia lleva un cajeado frontal que le facilita el desplazamiento por gravedad.
Hemos encontrado referencias al origen romano de estas cerraduras, pero las ponemos seriamente en cuarentena, pues artefactos metálicos de cerrajería con llave girando en ambos sentidos ya existían y están de sobra documentados al menos en Grecia. Se conocen estos mecanismos de madera en Egipto y otras cercanas del continente africano. Las cerraduras de madera que hemos encontrado y traido aquí, tienen en común con la arquitectura vernácula, a la que están tan ligadas, la utilización de la madera, que se encuentra al alcance de la mano, son artesanales y su técnica se transmite boca-oido; aún quedan artesanos dispuestos a hacer una copia.

En el despiece que acompaña estas líneas puede apreciarse la ingeniosa sencillez del mecanismo de la cerradura.
La llave entra por el cajeado de la tranca, se desplaza hacia arriba encajando los tres tetones en las correspondientes perforaciones; al entrar empujan a los guardias hacia arriba, quedando liberada la tranca. Tirando de la llave hacia fuera, la tranca sale. Para cerrar hay que volver a introducir la llave en los orificios de la tranca y empujar; se baja la llave y la tranca queda prisionera.
Desagües de piedra embutidos en los muros
Un elemento singular, no estructural, frecuente en San Juan del Olmo, son estas pilas que mostramos. Embutidas en el muro, comunican el interior con el exterior, sobresaliendo unos apreciables treinta o cuarenta centímetros hacia la calle.
Una vivienda particular disponía de tal desagüe, o canaleta para descargar a la calle el agua de la pileta, cuya situación, bajo la ventana queda explicitada en la fotografía que acompaña estas líneas.
En una fragua, hoy en desuso, la pileta es de mayor tamaño y su función no era desaguar. En el interior, se utilizaba, casi exclusivamente, para enfriar los hierros candentes –rejas, en la mayoría de los casos, como nos aclara nuestro buen amigo Valeriano Muñoz–, mientras que en el exterior, las dos acanaladuras que se observan, servían para apoyar la herramienta en trabajos tales como el herraje de caballerías.
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(1) Nicolás de Lafuente Arrimadas. Fisiografía e Historia del Barco de Ávila. Ávila 1926. Reeditado en 1983 por el Excmo. Ayuntamiento de El Barco de Ávila.
(2) Bujardo/bujarda: Ventanuco. La lengua viva de Ávila. Díaz Cabrera, Agapito. 1998. Caja de Ahorros de Ávila.
(3) Julio Caro Baroja. Los pueblos de España. Ediciones Istmo 1981.
(4) Op. cit.
(5) Vide: Eloy Benito Ruano en C. Luis López: La Comunidad de la Villa y Tierra de Piedrahita en el tránsito de la Edad Media a la Moderna. 1987. Tesis Doctoral, editada por la Institución Gran Duque de Alba. Diputación Provincial de Ávila; pág. 16.