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Halloween y otras mistificaciones: las "fiestas celtas"
Manual de supervivencia para Vetones


José María Pita




Las calabazas iluminadas y los disfraces con que adornamos a nuestros descendientes cada primero de noviembre –jaleados con entusiasmo, eso sí, por sus autoridades escolares y, con no menos entusiasmo, por la televisión–, poco o nada tienen que ver con la tradición de honda raiz celta que mejor conocemos, y que todavía se celebra en Galicia: Samain, fiesta de fin de año que, cada primero de noviembre, cierra el ciclo anual para empezar otro nuevo. Es el momento en que se paraliza la eternidad y los hombres pueden acceder al otro mundo (1); su versión cristianizada es la Fiesta de Difuntos o Todos los Santos.

Pero de un tiempo a esta parte, Samain se está viendo desplazada por "Halloween", que no es más que una versión "mejorada" que nos devuelven los norteamericanos del auténtico Samain que heredaron de sus antepasados irlandeses.

Es más que notable el entusiasmo con que nos aplicamos a recuperar tradiciones que nunca tuvimos –Halloween es una muestra– y así muchos de nuestros pueblos y ciudades, que jamás vieron un caballo o un toro, salvo en el cine, recuperan con encendido fervor romerías a caballo o encierros taurinos. Allá ellos: que los disfruten muchos años y, si es posible, que usted lector y un servidor las veamos otros tantos.

Lo que quiero hacer notar va más allá de la anécdota y se mueve en torno a la pregunta que creo debemos hacernos todos sobre el fondo de la cuestón: ¿por qué desde las autoridades, académicas y de las otras, y desde los medios de comunicación se alienta esta falta de rigor? ¿por qué se afirma o no se corrige con algo de sentido crítico aquello de que se va a celebrar una "Fiesta Celta" en tal o cual población?



El desconocimiento o la suplantación de las señas de identidad de una comunidad me recuerda lo que aprendí en mi infancia (de eso ya hace unos cuantos años) y que con tanto sentido común nos recordaba hace unos años Tarradell (2): "Los primitivos pobladores de España fueron los celtas y los íberos". Punto final. Viendo estos ejemplos, a veces pienso que estamos en las mismas, instalados en la ceremonia de la confusión, en el punto y hora en que un mercadillo (muy respetable, como tal), promovido por una agrupación local de comerciantes (no menos respetale), cargados de tan buenas intenciones como de escaso rigor, pasa a denominarse "Fiesta celta", o algo por el estilo. Bienvenidos sean esos mercadillos –y también Halloween– si los niños se divierten disfrazándose y comiendo esos dulces locales que tanto les gustan.

Para mi la cuestión es otra: aqui, en pleno territorio vetón, donde tres culturas celtas (Cogotas) han servido para dar nombre a la "madre de las culturas", no somos capaces de reconocer nuestras propias señas de identidad. Eso, a pesar de que, desde el saber académico, me consta que se ha puesto énfasis en subrayarlas; así al menos lo intentó "Celtas y Vetones", aquella espléndida exposición comisariada por Almagro Gorbea (3) Pero, inevitablemente, creo que lo que quedó claro en el imaginario del común de los mortales es la ecuación celtas=vetones y su inversa, lo cual es verdad, pero no toda la verdad. De alguna forma la identidad celta ha venido solapando la realidad de una identidad vetona propia, poco conocida, pero presente en el sustrato indígena y desarrollada en los siglos posteriores con las aportaciones, no solo célticas, sino también romanas y de otras culturas.

La difusión de esta idea, reducida esquemáticamente en los medios de comunicación, añade un punto de sabor a la ceremonia de la confusión.


En busca de la identidad perdida. Riesgos al interpretar las fuentes escritas

Mi muy citado y admirado Álvarez Sanchis (4), en su relación de fuentes en la literatura clásica, nos advierte con sensatez del riesgo que se corre al interpretarlas, pues se trata siempre de escritores, algunos no estrictamente contemporáneos, que hicieron su trabajo en unas condiciones muy precisas y que deben ser tenidas en cuenta; en todos los casos se trata de narraciones de episodios bélicos, separados unos de otros por décadas o hasta cientos de años, produciéndose en el intermedio lagunas de información que solo se pueden rellenar con buenas dosis de sentido común y pensamiento, o con el auxilio de otras fuentes o hallazgos. Los jefes de aquellos extraordinarios historiadores (Plinio, Polibio, Apiano, etc.) seguramente estaban más interesados en conocer detalles sobre la marcha de sus asuntos que sobre el life style de nuestros vetones. A pesar de lo cual no nos han privado de alguna sabrosa anécdota, como aquella que cuenta cómo se asombraban nuestros vetones al ver las molestias que se tomaban los ocupantes para organizarse sus labores, y la disciplina con que las llevaban a cabo.

Si a todo esto se añade que las tumbas vetonas de Cogotas aparecen llenas de espadas de antenas, pues tenemos una reducción esquemática que nos lleva a vetón=guerrero. Y además, vaguete, conclusión a la que llegó mi no menos admirado Caro Baroja (5), que se lo llama sin disimulo ni cursivas. A propósito de esto, vale la pena recordar que los recursos explotados por este pueblo ganadero y también agricultor, –aunque menos–, no daban ni han dado nunca para formar una raza de lo que hoy llamaríamos emprendedores, aunque haberlos haylos.

Hay un dato mencionado por Álvarez Sanchis que se suele pasar por alto y que a mí, –que presumo y me enorgullezco de conocer un poco estas tierras y sus gentes– me parece de importancia capital: los vetones aparecen en todos los conflictos relatados por los clásicos en apoyo de otras comunidades (lusitanos, por ejemplo), y no hay un solo episodio promovido directa o únicamente por ellos, sintoma compatible con un perfil solidario. Por otra parte, supongo que algo harían en esos largos períodos entre guerras, además de tomar el sol en el portal. Algunos objetos de marcado estilo orientalizante en los ajuares de El Berrueco y otros nos permiten –deje el lector volar su imaginación– pensar que bien pudieron ser comprados como regalo después de haber vendido una vaca, un suponer, por una suma de monedas íberas o romanas, las que se han encontrado siempre por aqui.


Bromas aparte, lo cierto es que cuando las fuentes y los hallazgos escasean, o nos sentamos a esperar nuevas aportaciones, o revisamos lo que sabemos, lo ordenamos y empezamos a analizarlo de nuevo desde el folclore, la etnografía o el estudio sistemático (no conozco ninguno) de las tradiciones y lugares cristianizados, en la seguridad (compartida por muchos investigadores) de que ahí aflorarán las raíces de ritos, cultos, creencias y tradiciones.

Acabo, en el tono desenfadado que he tratado de dar a estas reflexiones, con otra idea que vengo dando vueltas desde hace tiempo. En las dehesas extremeñas y de estas tierras abulenses y salmantinas, tan ricas en bellota y en el no menos rico cerdo ibérico, se ha venido celebrando (hasta el momento de su prohibición) con regularidad cósmica la ceremonia de la Matanza.

Ceremonia que ha significado, a lo largo de los siglos, una seña de identidad, pero cuyo origen desconocemos. Sabemos de la solidaridad de la comunidad en el desarrollo del proceso (como ocurre también al hacer adobes o levantar paredes de piedra), y sabemos también que no fue introducida por los árabes, lo que reduce significamente el problema enunciado.

La incógnita a despejar es si un rito sacrificial como es este, pudo tener o tiene relación, en las formas o en el fondo, con otros ritos pretéritos. Si alguien cree que no, puede decirlo.







(1) Para ver etimología, origenes y una magnífica descripción de las tres funciones de Samain: Françoise Le Roux y Christian - J- Guyonvarc'h. (1995) L'espace et le temps du druidisme. Rennes. Ed. Edilarge. Ed. gallego Toxosoutos; traducción al gallego: Antonio Balboa Salgado. 1995; As festas celtas.
(2) 2005. Miqel Tarradell; Primeras culturas; RBA. Barcelona.
(3) 2001. Exposición Celtas y Vetones. Ávila. Organizada por la Diputación Provincial y patrocinada por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, Junta de Castilla y León, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y Real Academia de la Historia.
(4) Jesús Rafael Álvarez Sanchía: Los Vettones. Bibliotheca Archaeologica Hispana 1. Madrid: Real Academia de la Historia






 
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